En casa parecía estar siempre enfadado, contestaba de malas maneras, no obedecía, - es más, parecía como si no te escuchara -. Las cosas tenían que ser, "¡ya!", en el mismo instante en que él las pedía si no querías enfrentarte a una rabieta de esas que parecen que no se acaban nunca y frente a las cuales llega un momento en el que ya no sabes qué hacer.
Era una lucha constante, para ducharse, para lavarse los dientes, para hacer los deberes… Tenías que repetírselo mil veces para que lo hiciera porque si no, no lo hacía. Llegó un momento en el que su padre y yo nos sentimos, física y psicológicamente agotados. Discutíamos entre nosotros sobre su educación y nos sentíamos culpables: "¿en qué estábamos fallando?".
Su energía parecía no tener fin. Sin ninguna finalidad más que el moverse por moverse, saltaba en la cama, corría por los pasillos, hacía ruidos constantemente… Esto nos tenía en un estado de alerta permanente. Igual un día cruzaba la calle corriendo sin mirar, como jugaba con la pelota en cualquier sitio o corría con la bicicleta sin mirar hacia donde. En más de una ocasión tuvimos que salir corriendo hacia el hospital por culpa de esa facilidad para hacer las cosas sin pensar ni escuchar.